domingo, 14 de noviembre de 2010

El arte. Opinión de Almandrade

EL ARTE


El Arte es una forma de conocimiento que exige lecturas y reflexiones específicas. Su apreciación no se limita a mirar a simple vista. Sin las informaciones necesarias pasan desapercibidas las búsquedas y la profundidad de su lenguaje. La apariencia satisface al mirar desatento.

"Sólo se ve aquello que se mira" (Merleau-Ponty). Lo que percibimos en una obra de arte es aquello que recogemos en nuestro modo de ver. El hombre es insertado en una sociedad, en un lenguaje, por donde aprende a ver, pensar y sentir. El lenguaje es el dispositivo a través del cual él se apropia de las cosas, de los seres, de las formas y de los colores.

Como arte puede ser cualquier cosa, en nombre del arte contemporáneo, somos muchas veces colocados delante de alguna cosa que dice ser arte. ¿Cuál es el criterio?



Para el artista no basta saber pintar, mucho menos apropiarse de imágenes u objetos, de forma aleatoria, es indispensable tener referencias y disponer de un método. Cada artista concibe su arte a partir de su propia teoría, aunque esta no esté formulada explícitamente. 

Una obra encierra múltiples posibilidades de indagación. Recreamos las imágenes en nuestra percepción, y las modificamos subjetivamente de acuerdo con nuestra experiencia de vida. Proyectamos sobre ellas nuestros valores y nuestras inquietudes. Las obras de arte se completan de maneras diferentes en la imaginación de cada espectador. Es también objeto de decoración, acrecienta al espacio habitado la curiosidad de un abrigo poético.


Para hablar de arte es necesario aprender el método de observar su producción, es preciso ir del concepto a la obra y de la obra al concepto. Se comprende el arte a partir de la obra, un proceso ligado a la experienciay  al pensamiento que acciona ciertas condiciones subjetivas del conocimiento. Se conoce al artista a través de su obra, y esta es una invención de la actividad del artista, (Heidegger).

Es un hacer político localizado. El arte tiene su propia materialidad. No es lugar de apoyo para otras políticas, así sean las llamadas culturales que ignoran cuestiones a cerca de los lenguajes y sus transformaciones. "En el transcurso de grandes períodos históricos, junto con el modo de existencias de las comunidades humanas, se modifica también su modo de sentir y percibir", (Walter Benjamin). El arte participa de esas mudanzas como tarea política de transformar la realidad dentro de un territorio determinado del saber.



El arte está sujeto a un sistema de poder extraño al hacer cultural. El arte deja de ser visto como un fenómeno cultural, para tornarse un hecho exclusivamente social y de mercado. El problema no es el mercado, él es necesario y tiene un papel importante en el circuito del arte, mas la importancia que viene asumiendo como agente principal del circuito que hasta facilita la producción, sin duda, pero hace que el valor de cambio deje a un lado la reflexión.

Estamos atravesando un momento donde es cada vez más difícil la producción cultural sin la interferencia de los media y de los intereses del mercado. Si la ética de esta sociedad es el consumo, todo pasa a ser determinado por la ley del mercado: la salud, la educación, la cultura, etc.

El intelectual y el crítico son descartables en una sociedad donde el mundo del pensamiento es poco tolerable; por otro lado, los patrocinadores, los empresarios del arte, los profesionales de marketing, los curadores... son los protagonistas del arte.

El artista que era un artesano descalificado hasta el siglo XIV, a partir del Renacimiento pasó a ocupar un lugar destacado en el territorio del conocimiento, y en este final de milenio es considerado el villano de la cultura.


Lo que viene ocurriendo con las artes plásticas y la cultura de una formageneral, forma parte del espectáculo de una sociedad que ve en la acumulación de riquezas el objetivo de vida. Así, una institución cultural que disponga de pocos recursos, dejará a cargo de los patrocinadores la programación y la política cultural.

Artista plástico, poeta y arquitecto, Almandrade (Antônio Luiz M. Andrade) es un pionero de la contemporaneidad en Bahía – Brasil.

jueves, 14 de octubre de 2010

LA LITERATURA EN NUESTRO TIEMPO. Opinión de Rubén Casado Murcia


LA LITERATURA EN NUESTRO TIEMPO



Rubén Casado Murcia



 
LA LITERATURA EN NUESTRO TIEMPO


Me sorprende que ciertas personas, participantes de ciertos programas de televisión, programas culturales, más concretamente sobre literatura, hablen de esta como una potente arma cargada de pétalos de rosa capaz de agitar las conciencias y alcanzar el tan ansiado ideal de paz y convivencia en el mundo. Esta tarde, un grupo de personas con las que estaba reunido y a las que no conozco mucho, se enzarzaban en una discusión sobre qué libro era mejor o peor de los que en esos momentos estaban leyendo. Estos libros distaban mucho de pertenecer a la gran literatura de la biblioteca universal. Se trataba de títulos comerciales, ya me entienden, tochos de 700 u 800 páginas escritos para satisfacer al lector. Si algo han conseguido estas publicaciones es que el ciudadano de a pie se interese por la lectura. Puedes verlos leyendo en el bus, en la playa, en un banco o incluso mientras dan un paseo, pegados a sus pesados libros como yonkis de la palabra, esperando que el ansiado final les comunique la existencia de Dios. La mayoría de las veces (o quizás, todas) acaban decepcionados, por lo que corren al centro comercial más cercano a por el siguiente "Best Seller" de la lista. Probado está que la inmensa mayoría de lectores del planeta no se decanta por la "literatura de compromiso", esa que pretende reclutar pacifistas para luchar contra el establishment, sino que, por el contrario, se decanta por la literatura anestésica, esa que sirve para entretener y que, por otro lado, ¡oye! también está muy bien. En resumidas cuentas, la conclusión es que todas las literaturas valen y al mismo tiempo no valen (o mejor dicho, no sirven).


No hay que ser muy espabilado para darse cuenta que, hoy día, no es precisamente la literatura la que marca el paso del mundo. No sé si alguna vez lo marcó, lo que está claro es que en esta, nuestra época, lo único que marca es la tala de árboles en el Amazonas. Algunos, sin embargo, siguen ahí dando la matraca con "la función social de la literatura en países en desarrollo", "la función pedagógica de la poesía en nuestros niños", "la función terapéutica del arte en enfermos mentales", y así un largo etc de funciones prácticas de las letras como instrumento. No sé quien fue el memo que por primera vez pensó que la literatura debía servir para algo, es decir, debía tener asignado un papel, como si se tratase de una institución más del estado. Y puede que la tenga, sin duda, y puede, incluso, que sus aplicaciones tengan resultados satisfactorios.


Pero, cuando tengo un libro entre las manos de un tipo con el que me siento identificado, que me habla directamente, a "mí", que hace trabajar "mi" mente, que hace que coja un ordenador, "mi" ordenador, y me ponga a teclear, no sé, me da que pensar. Pienso en todos los teóricos del mundo, en todos los promotores de premios locales y autonómicos (incluso "nacionales"), pienso en la fundación de no se quien "para la difusión de su basta obra", pienso en todas y cada una de esas personas que se esfuerza en elevar a la literatura a la categoría de "cosa infumable" y bufo: ppppfffffff

y resulta que al pasar la página de su pedantería todos callan
y puedo seguir leyendo.

Al fin y al cabo, es en eso en lo que consiste, ¿no?



Rubén Casado Murcia  es un tipo aburrido de esos que leen y escriben, que le gusta observar lo que pasa a su alrededor por puro aburrimiento pero que, por encima de todo, ama al ser humano.

viernes, 8 de octubre de 2010

La mirada zurda. Opinión de Antonio Guerrero


La mirada zurda

 Antonio Guerrero


          Entre todos vosotros hay una persona que llevo años buscando. Tal vez está inmóvil en aquella butaca o quizás en el pasillo. Sus ojos pueden estar latentes y ocultos bajo su naturaleza siniestra. El propósito de mi insistencia no es otro que examinar su rostro para llegar a la definición de mirada zurda, su retrato. Esa es una expresión que me seduce hasta lo incalculable. Por eso necesito encontrarlo cuanto antes.

    Hace algunos años, tras conocerlo, analicé ciertos semblantes sin ninguna esperanza. Llegado el caso encontré por casualidad miradas torcidas, tal vez indirectas. No obstante cualquier consideración resultaba incompleta. Ni siquiera ese reguero de ojeadas del juego amatorio exponía una mención concluyente a través de los ojos esquivos y sensuales. Mucho menos aún me servían, de ayuda, las miradas inquisitivas que corregían, discrepaban o negaban tajantemente las actitudes de los demás.

    La mirada de Roberto Crespo —quien busco— es excepcional. Posee una característica que la distingue de las demás: ha matado a alguien. Y por mor de esa circunstancia su rostro es doblado, rasgado, necesario. La ausencia de culpabilidad le llena de una frialdad natural propia a la de un animal de la tundra. Esa mirada de pómulos contraídos y ceja elevada sitúa al ojo en lugar exacto del disimulo, pero también en la disposición adecuada para la dominación instintiva. Entonces la cara desfigurada se inclina un tanto hacia la derecha. El ojo mira hacia la izquierda y encuentra un ángulo torcido hacia el suelo para encubrirse. En ese instante nadie podría decir dónde mira en realidad.

El día que mató a aquella chica extrajo por primera vez esa mirada zurda. La creó de manera espontánea. Pero para llegar a ella ocurrieron una serie de circunstancias interesantes. En primer lugar estaba enervado, nervioso, puede que estresado por el trabajo pro-sistema del que vivía. Era tarde, había caído la noche. El parking de la ciudad estaba oscuro y aquella mujer tenía una inapropiada prisa. Para cuando rozaron los dos coches, Roberto salió rápidamente y la increpó. Sin darse cuenta el ser humano que llevaba dentro encontró, en aquella excusa, un motivo para salir. La asedió hasta la necedad cuando empezó el forcejeo. Luego supo empujarla hacia el suelo. Derribada, Ana, comenzó a llorar. Aquel llanto llamativo preocupó a Roberto. Tenía que abalanzarse sobre ella y derrotar del todo a aquel rival de la jungla que había pretendido robar su pedazo de tierra para aparcar el vehículo. La mató. Terminó con su vida y se quedó observándola unos segundos. Luego desapareció con un tufillo zurdo e inextinguible en su rostro desfigurado.

Creo que para realizar un acto de este calibre y crear una mirada como esta, Roberto debía ser un producto agresivo de esta sociedad de personas distintas. Podemos decir, quizás, un individualista atrapado en el tiempo. Estaría tan alejado de los demás que ya no concebía nada en común con ninguna persona. Es posible que entonces se sintiera solo. La soledad de no pertenecer a ninguna masa le habría hecho insociable hasta tal punto de devolverlo a lo básico. ¿Hasta eso hemos llegado?

Si está ahí, si por casualidad está entre vosotros, me gustaría decirle que necesito verlo cuanto antes. Tengo que mirarlo en el espejo y confesarle que —en realidad— Roberto Crespo soy yo; que añoro poder ver mi rostro en el cristal, porque hace mucho tiempo que lo evito. Sólo así podré volver la realidad de la que estoy ausente. Busco mi rostro perdido hace tiempo porque, a pesar de todo, sin él no soy más que una sombra. En cierta forma pertenezco tanto a la mirada zurda como ella a mí. De alguna manera esa es mi naturaleza. Soy un criminal. Mis ojos zurdos se han convertido en un estado obsesivo de autodefinición. Y eso me llena de incertidumbre.

Antonio Guerrero es Diplomado en Relaciones Laborales. (U.H.U.) y Estudiante de  Filosofía. UNED. Almería.  

martes, 28 de septiembre de 2010

DE LO VULGAR A LO EXQUISITO PASANDO POR LA QUIMERA, Y VICEVERSA : Comentario cinematográfico de Emilio Pérez Martín

DE LO VULGAR A LO EXQUISITO PASANDO POR LA
QUIMERA, Y VICEVERSA :



  











Emilio Pérez Martín





Comentario cinematográfico de Emilio Pérez Martín .
Parece que a pesar de ciertos fracasos históricos el mundo otorga a nuestro país una gran capacidad para hacer arte. Hablar de Almodóvar es casi hablar de la historia de nuestra democracia. Retrata milimetricamente muchos de nuestros momentos vitales, a pesar de que en gran medida no ataca al tema de raíz, es divertimento en sustancia, pero con esa capacidad de divertir de los grandes que cuando quiere la lanza ( la crítica social en Qué he hecho yo para merecer esto, la degradación de la policía en casi todas sus películas, la crítica directa a la casta eclesial en La mala educación, su defensa del lumpen siempre metiendo a un travesti de por medio, o simplemente sus correciones al mundo de la tele cuando se ríe de Andrea Caracortada u otras ). Almodóvar es un niño prodigioso desde el principio, y rezuma un arte genuino, es decir, personal, con oscars americanos, cardenales franceses y todo tipo de lanzamieto de estrellas ( recuérdese que hasta Sabina queria ser Una chica Almodóvar, válgame la transmutación de los valores ).
En cambio, Amenábar, está ahí rompiendo la baraja, recordando que el sí fue a la academia de cine. Son dos generaciones muy distintas, como la nuestra y la de nuestros padres. Para Amenabar una buena tesis asegurará el resultado del producto. Almodóvar es el mago multicolor, no fue a la academia pero trabajó en la teléfónica de Madrid, como si este tópico nos recordara que la intrahistoria unamuniana ( la pequeña historia de los hombres sin historia ) fuera más imprescindible que Hegel.
Pero así y todo Los Otros es un peliculón, si bien, volvemos, no es el corazón sino la mente la que trabaja en Amenabar. Ágora es también un gran esfuerzo. Pero he de reconocer que a mí me llevó a la más extraña de las coerciones. Me gustó tanto como no me gustó, como si, bajo el tinte histórico, viera un director pretendidamente profético que nos avisara del peligro, tanto como de la fascinación, de un fin de época. Una vuelta de tuerca. Me quedo con dos imágenes, la del cristiano mixtificado repartiendo y enseñando a repartir pan entre los pobres, así como la de Hipatia apedreada.
No es que lo diga pero lo digo : como las dos máscaras emblemáticas del teatro. Y eso que Almodóvar sabe ser trágico ( vid. Hable con ella o Todo sobre mi madre). Pero la profundidad que trae Amenabar ya es la del niño globalizado, es decir, con algo de terrible.
Bienvenido sea, ya no es uno sino diez, tanto los directores que cuentan en España de cara al mundo como la nota al cine español. y era así ya antes. pero es que a mí el manchego me emborracha como una especie de Shiva que crea el mundo ( nos lleva a mí y a mi familia al cine unidos como el que va el circo ) y en cambio Amenabar me habla de lo inquietante, tanto de lo otro como de mi otro, de la dama y la noche.
EMILIO PÉREZ MARTÍN ( ORESTES DE ZARAGOZA ).




Emilio Pérez Martín es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Ha colaborado con el Grupo Súcubo, de poesía, la Tertulia Mambrino y la revista cultural Eclipsados. Actualmente está elaborando una novela de la que esperemos dé a luz más pronto que tarde. En lo artístico ha formado parte de los grupos de teatro Chandrío y En penumbra. Le interesan también el cine y la música. En definitiva, todo lo relacionado con la cultura. Actualmente estudia Historia del Arte.

sábado, 26 de junio de 2010

UN PENSAMIENTO DE MADRUGADA. Opinión de Juan Pomponio Castiglione

UN PENSAMIENTO DE MADRUGADA




La ENVIDIA es un veneno letal que corroe la sangre, quema las arterias y pudre el alma. Esta lamentación surge de una reacción simple y primitiva de la mente: la COMPARACIÓN: "Él escribe mejor que yo", "Ella tiene una mejor casa", "Su mujer es más hermosa", "Mi hermano tiene más dinero", y miles de confrontaciones. Algunos pretenden taparla o justificarla agregando un toque de moralidad a sus dichos: "Como envidio tu auto… pero sanamente". Es lo más normal y se oye todos los días en la calle, entre familiares, a través de la televisión, por la radio, es algo cotidiano que transcurre con la misma vida.
La ENVIDIA es una enfermedad lacerante. Nunca puede ser sana. Uno podría llegar a creer que sí lo es, pero se confunde. ¡Siempre será envidia aunque quieran disfrazarla! Quienes la padecen, sufren, son infelices, están afectados y descentrados, mirando hacia afuera de su naturaleza. Les duele tanto que no pueden soportar el éxito de los demás. La sociedad se olvida de una regla dorada: EL OTRO SOY YO. Todos somos UNO. No estamos separados. Entonces en lugar de ADMIRAR a los demás, comenzamos a envidiar y de allí surgen toda clase de angustias espirituales que luego pueden trasladarse al plano físico y enfermar a la persona, por ejemplo la conocida “mala sangre”. Está comprobado el daño que provocan las emociones negativas y oscuras en nuestro organismo. A la inmensa mayoría les encanta ser "envidiados", eso les da poder y hace que se sienten personas importantes. Muchos ostentan con el propósito de hacer sufrir a los demás. Ambas personalidades padecen de otra enfermedad compuesta por tres letras llamada: Ego. Aquí surge el principal inconveniente en nuestra sociedad que está dirigida por una Egocracia.
Cuando comprendamos la falsedad de todas las ilusiones impuestas por la dictadura del ego, caerán todas las máscaras sociales y el mundo del ser humano comenzará a transitar por un camino de sabiduría hacia una realidad de mayor crecimiento interior como seres sociales. Podremos comprender la inutilidad de mantener la rigidez de posturas ajenas a nosotros mismos.  
Admiremos al prójimo. Admiremos al que pinta, admiremos a otros poetas, otros artistas, al vecino, al amigo, ADMIREMOS y dejemos de COMPARARNOS comprendiendo que cada ser es único en el Universo de la creación. Nadie es inferior, nadie es superior. Sólo sucede si caemos en la COMPARACIÓN. La felicidad no se pasea en un Rolls Royce, ni teniendo una mansión repleta de lingotes de oro. La felicidad radica en el simple acto de llenarnos de gozo por sentirnos vivos y poder disfrutar de la vida
a cada instante, sea cual sea nuestra condición. 


          Sigamos nuestros propios caminos sin tiempos ni estructuras, sólo como verdaderos guerreros y guerreras de una existencia individual.



Juan Pomponio Castiglione es escritor y poeta. Apenas un hombre que camina la vida con una alforja de metáforas.

jueves, 24 de junio de 2010

La generación sublime. No hay estética sin ética. Opinión de Bruno Jordán

La generación sublime. No hay estética sin ética

 Bruno Jordán es escritor y periodista.
       Abochornado más que desilusionado leí –y vi- el reportaje sobre jóvenes poetas actuales que previamente me había anunciado una de las reportadas que publicaría El País Semanal el pasado 13 de junio. Ante el espectáculo presentado y contemplado, sentí el impulso de escribir y publicar algo aquí que me distanciase diametralmente de todo aquello pero pronto lo frenó la probabilidad de que –de hacerlo- acaso posicionaría involuntaria e indirectamente a este periódico que coordino y a la revista Poe +. Ambas publicaciones se posicionan, claro está, pero lo hacen por la vía de los hechos, de sus contenidos y formatos.
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Ahora me brinda Jesús Belotto -de forma inesperada y gratificante- un Pisuerga que me conduce acogedoramente hasta donde quería llegar, a Valladolid. No solo porque coincido del todo con lo que dice y cómo lo dice; también porque me abre la puerta para expresar una reflexión que vengo madurando desde hace ya tiempo y que, en mi opinión, subyace como fondo real de lo acontecido: la ética de la estética.
Se cuenta –y a fe que debe ser verdad- que cuando Franco expulsó a Aranguren de su cátedra de Ética en Madrid, José María Valverde dimitió solidariamente de la suya de Estética en Barcelona con una carta al Caudillo en la que le decía escuetamente Mi general: no hay Estética sin Ética.
Y es eso. Ambas vertientes tienen que armonizar en las creaciones “artísticas”; “po-éticas”, en este caso. Hay quien ha pensado que el reportaje “armoniza” con bastante precisión las concepciones de los reportados sobre ambos aspectos. De ser así, creo que voy seguir intentando estar en sus antípodas.
El reportaje “ilustra” certeramente el terreno, digamos “clásico”, donde se ha venido moviendo ancestralmente “la poesía”. Uno de los peores papeles que ha desempeñado es el de servir de forma de expresión pretendidamente excelsa para las clases más cultas, poco accesible para quienes no podían conseguir esa cultura. Una manifestación de la segregación social que, retro-alimentariamente, la perpetuaba. Poetas excelsos excelsamente ataviados y retratados en bucólico ambiente (y eso que son claramente urbanos los poemas y se autoreconocen los poetas, me apuntaron) que prontamente se prestan sin más -bueno, sí, con su beneficio y su narcisismo incrementados- a ser fagocitados  funcionalmente por la supuesta estética sin ética (esto último, nada supuesto) que practican también funcionalmente los mass media para “la sociedad”. Me sorprende realmente que los poetas “report(r)ajeados” no repararan siquiera en el hecho de que alguna de las prendas que lucían podía haber sido fabricada realmente por una niña filipina o un niño pakistaní.

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“La sociedad es burda”, define Lorenzo Plana, “es grosera”, matiza con elegancia sublime Antonio Lucas. ¿La “sociedad”? ¿El “sistema”? ¿El “poder”? El orden bajo el que vivimos social, económica y mentalmente. Finura entomológica para los adjetivos, confusas abstracciones para los sustantivos. Dejaremos así que lo poético siga siendo acaso estéticamente calificativo, pero escasamente sustancial.


Como buenos poetas “con oficio” –queda mal eso de llamarle profesión- evidencian una nítida vocación generacional. “Por primera vez no hemos sentido necesidad de matar al padre (la poesía de la experiencia) o reivindicar al abuelo (los novísimos)”, manifiesta Javier Rodríguez Marcos. Está claro: si “alguienes” tienen padres y abuelos ergo… son una nueva generación. ¿Sutil silogismo? No, burdo, grosero...


             Una afición "Generacional" (dios, ¡qué inclinaciones a encasillar y simplificarlo –lo contrario de hacerlo sencillo en este caso-  todo!) que incluso podía haber seguido con otro burdo, grosero, silogismo: si Machado, Lorca o M. Hernández pertenecieron a "la generación del 27", si Ángel González o Gil de Biedma pertenecieron a "la generación de los 50", si Luis García Montero pertenece a la generación de la poesía de la experiencia, si yo pertenezco a otra generación... ergo... ¡soy equiparable a ellos! 


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Con el reportaje se ha dejado bien alto el Panteón poético. Me apuntan también, a este propósito, que el Edén es la huida, el símbolo de haber sucumbido, representa la derrota sin paliativos; pero no, esta vez no; el Edén sigue siendo la morada a la que es condenada por la mayoría -el propio reportaje es muy ilustrativo y protagonista en esto- a los poemas, al "arte", a la cultura. Incluso al saber. Es la morada de los sublimes.




Bruno Jordán es escritor, poeta y periodista, amén de otras muchas cosas (de la mayoría de ellas, incluídas las anteriores, solo pretende ser).

sábado, 19 de junio de 2010

JOVEN POESÍA HILFIGER. Opinión de Jesús Belotto

 JOVEN POESÍA HILFIGER
  
Por Jesús Belotto
(Fotografía de Tania Goltara).


E

 l sábado 13 de junio, un amigo me envía un reportaje sobre la joven poesía española actual, publicado en El País Semanal bajo el título Poetas de aquí y ahora  y rubricado por Jesús Ruiz Mantilla. Acompañan al artículo poemas y vídeos en los que los poetas leen. También hay unas fotos en las que los poetas posan en un paisaje bucólico, caracterizados como para un remake de «La casa de la pradera». Leo el artículo y los poemas. Veo varios vídeos. No me detengo demasiado en las fotos.

Fotografía de Juan Aldabaldetrecu

Jusqu’ici, tout va bien. Unos días más tarde, una amiga me urge a que lea el pie de una de las fotos. Leo:
                                                                                                             
«De izquierda a derecha, aparecen Martín López-Vega junto a Antonio Lucas (camisa y americana de L’Habilleur y pantalón By Basi), Javier Rodríguez Marcos (camisa de Armand Basi y pantalón By Basi), Elena Medel (vestido azul Tsumoda, pantalón de Tommy Hilfiger y sombrero de L’Habilleur) y Lorenzo Plana (camisa de lino lila de Hartford, tejano de Lacoste y fular de L’Habilleur)».

Vuelvo al texto: según Ruiz Mantilla, estos poetas contemporáneos «han decidido aliarse con varias tradiciones y salvar la poesía como oficio de excelencia. Tal vez porque el mundo en el que viven merece serios correctivos». Para ilustrar esta afirmación, cita a los propios poetas: «La sociedad es burda», «es grosera», afirman Lorenzo Plana y Antonio Lucas respectivamente, «camisa de lino lila de Hartford, tejano de Lacoste y fular de L’Habilleur» y «camisa y americana de L’Habilleur y pantalón By Basi» respectivamente.

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          Fotografías de Juan Aldabaldetrecu

             Viéndoles posar, pienso que esa «grosería» de «la sociedad» de la que hablan no debe de guardar relación alguna con su insultante superficialidad (su de la sociedad), y que dichos «serios correctivos» van a pasar probablemente por alto a un par de esas multinacionales que supeditan todo cuanto abarca «el mundo en el que viven» a la economía de mercado. Y me acabo preguntando qué quería decir exactamente Pessoa, «o poeta è um fingidor», y si lo habrán interpretado bien los poetas del reportaje.

Jesús Belotto es traductor, doctorando en traducción literaria por la Universidad de Alicante.